Cuando decimos la pérdida de un ser amado, siempre pensamos que es alguien externo, un amigo, un familiar y no nos sentamos a observar que existe una persona muy importante que también cuando perdemos, sentimos un dolor y una tristeza muy profundos.

Esa persona es uno mismo.

Hay un momento dónde de repente puede uno sentir hasta un malestar físico, depresión, y no estar experimentando algo evidente que se lo produzca y sin embargo sentirse diferente al mismo tiempo, y si vamos a nuestro interior quizás la respuesta es que “ya no somos los mismos de antes”.

En realidad, pasamos por el duelo completo de nuestro “yo” del pasado, de ya no estar apegados a ciertas cosas, situaciones, ya no actuamos como antes.

Como todo proceso de duelo tendrá una serie de etapas (propias de cada persona) hasta trascenderse y continuar como ahora es.

Entonces las experiencias del pasado las empezaremos a recordar sin dolor, sin pena, solamente fluirán como simples recuerdos, experiencias y aprendizajes, habremos obtenido el conocimiento y sabiduría de ese pasado representado por “ese yo”.

El resistirse al duelo solamente nos llevará a alargarlo y nos impulsará a tener acciones que antes teníamos aunque no nos gusten, a crear situaciones de las que antes formábamos parte y lo único que podrá ayudarnos es tomar un respiro y escuchar en el interior lo que de verdad sentimos con el alma y actuar en base a ello, seguir siempre adelante.

El compromiso de siempre ser la mejor versión de uno mismo, la voluntad, el amor y la lealtad serán lo que nos lleve a la evolución consiente en cada momento de nuestras vidas. Salir de ahí para adentrarse en uno mismo.