Lo que haces tiene un impacto, desde la rutina que recorres todos los días donde cada persona que se cruza por tu camino puede en su propia experiencia tener dolor, sentir miedo, tener sueños, puede sentirlo todo o sentir nada, regalarte una sonrisa un ceño fruncido o ignorarte… en todos ellos impactamos y con nuestro ser, sólo siendo ese impacto puede inspirarlos a expandirse, a reflexionar o mantenerlos en donde ya están, porque estamos ahí mismo, siendo iguales al camino de los demás.

Aquel ser que los inspira o que sólo los invita a reflexionar es el ser que se arriesga a profundizar en su interior, a ser su mejor versión, a quitarse las máscaras o dejar de ocultarse, a renovar su enfoque de uno, de querer gustarle a los demás o cumplir con lo que los demás creen que es lo normal, a un enfoque de hacer y ser lo que ama, lo que desea vivir, de dejar ir lo que deja atrás y de recibir lo que va llegando, y ese ser renueva su enfoque porque sabe que el presente evoluciona y se arriesga a ser diferente aunque en ese momento sea el único arriesgado al que critican aquellos a los que ama por solo ser…

Y quién permanece así, en la autenticidad de su propio ser es quien con el paso del tiempo y en la calma evoluciona y recibe un regalo, que no pidió o esperaba, pero que sucede. Este es el regalo de ver a otros comenzar a arriesgarse.

En el presente no todos los de afuera nos dirán cómo hemos impactado en sus vidas porque quizás aún no lo distingan pero si uno guarda silencio y sobre todo actúa con un amor en la máxima pureza, entonces, lo podrá observar y en compañía del respeto habremos, sin planearlo, entendido que todos tenemos el regalo del libre albedrío.

Observaremos con respeto a aquel que elige no renovarse pero sin sentir pesar y que la experiencia de otros y sus resultados no son nuestra experiencia a vivir ni controlar.

Entonces conoceremos la compasión con nuestros hermanos, los seres humanos.