La gente piensa que cuando vives una experiencia ya te hiciste sabio, que los años te dan sabiduría, que la vejez te trae el regalo del saber, pero con el tiempo te das cuenta que si no exprimes al máximo cada experiencia que vives, cada circunstancia y de ello sacas un aprendizaje que le aporte a tu alma paz y serenidad; si no miras más allá del odio, del rencor, del miedo, entonces no sirvió de nada esa experiencia.

Por el contrario, si te atreves a ver y entender con amor y valentía que fue lo que la vida trajo a tu presente para hacerte ese regalo, adquirirás esa llave que abre puertas de la sala de la sabiduría.

En mi camino por ejemplo, me he encontrado a seres de 17 años que me enseñaron que tras su trágico paso por este mundo en el que vivieron el abandono de unos padres, la lucha de egos, guerras de dinero y robos; lo único que deseaban en su próxima vida, tras hacerle la siguiente pregunta: ¿Si tuvieses una próxima vida como te gustaría que fuese? Era, SER FELIZ.

Mientras que seres de 40 y poco años, en lo único que pensaban aún era en el dinero que tenían almacenado en un banco y en cómo acumular más. Ha habido seres muy pequeños de edad que me han regalado mucha sabiduría al igual que adultos que también me la regalaron.

Recuerdo un día, mi hermosa abuelita o como yo la llamo cariñosamente, ‘mi lela’ me dijo estas palabras: «Acuérdate de esto siempre, como en tu casa en ningún lado». En el momento no lo entendí pero mi alma me tradujo el mensaje sabiendo todo lo que conocía de ‘mi lela’.

Ella amaba su libertad por encima de todo y reconocía su casa como el hogar donde ella ES, aún así mi alma fue un paso más allá al entender que nuestro cuerpo es la casa donde habita nuestro ser, nuestra alma y todo lo que somos y es ahí como no se está en ningún otro lado… porque ahí encontramos la paz, encontramos el amor, más todo lo que aún nos queda por limpiar, lo que acumulamos en nuestro interior; pero al fin y al cabo es nuestro hogar.

Me han enseñado tanto los seres que me han rodeado en mi vida, que para avanzar por mi camino entendí que no sólo tengo que exprimir cada experiencia, sino también abrazarla en mi interior y luego dejarla ir. Abrazar a éste, mi templo, mimarlo, amarlo antes que nada porque como decía mi abuelita «COMO EN TU CASA, EN NINGÚN LADO ESTÁS MEJOR» y como tal ha de ser cuidado.